Cuando la música transforma

instrumental

“La música clásica me la pone dura”

Descubrí  a James Rhodes a través de la entrevista que Jordi Basté le hizo en su programa de radio. Me impactó su historia: abusos sexuales cuando era pequeño, intentos de suicidio, estancias en hospitales psiquiátricos, autolesiones … Rhodes, que es pianista casi por delante de todo, había decidido escribir una autobiografía prematura pero, sin duda, justificada quizás para ayudar los otros o, tal vez, para ayudarse a sí mismo. Enseguida lo busqué en Google para asegurarme del nombre del libro y lo anoté en la lista de ‘lecturas en el horizonte’. Sin embargo, las ansias por leerlo fueron en aumento y me lo acabé comprando como autoregalo de Navidad.

Empecé a leer Instrumental en el aeropuerto y se dio la casualidad de que había un chico que también lo leía cerca de mí mientras esperábamos para embarcar. La señora que se sentaba a mi lado, ya en el avión y una vez listos para despegar, no pudo evitar preguntarme de qué libro se trataba a la vez que me perdía disculpas por la indiscreción. Se leyó la contraportada, hizo una expresión intensa y me preguntó qué tal? No sé, lo acabo de empezar.

Si fuera ahora le diría que no se lo pierda, que vaya a comprarlo inmediatamente y que (ya me perdonaréis el tópico) es un libro tan bonito por fuera como por dentro. Y digo por fuera porque la edición de Blackie Books con la ilustración de David de las Heras queda maravillosamente bien en el estante, sobre todo si está al lado del Lolito de Ben Brooks de la misma editorial. Llama la atención por encima de los demás y es muy probable que note miradas indiscretas si uno lo lee en un trayecto en transporte público.

No es difícil caer en la trampa de llegar a este libro por pura curiosidad, para conocer meramente los detalles y anécdotas que hacen que un hombre de 38 años haya estado cerca de la destrucción tantas veces. Es el libro ideal para aquellos a quienes les guste compadecerse de los demás o que necesitan saber que siempre hay gente que lo pasa peor que ellos mismos. Ahora bien, cuando se decidan a leerlo no olviden que en este libro se encontrarán exactamente lo que parece: es duro, crudo, directo y contiene todo el horror que esconde el dolor profundo, el que de verdad te marca. No. No es un libro de autoayuda, aunque contiene algunas píldoras y consejos derivados de su aprendizaje que, por ponerle un único pero, es lo que le sobra al libro, el tono moral que toman algunas afirmaciones.

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A medida que lo lean, o quizás sólo empezarlo, entenderán que este libro es una excusa para hablar de música clásica y esta es una de las cosas que tiene más mérito. Rhodes no es sólo un apasionado de la música y un fantástico concertista de piano sino que es un hombre que ha sobrevivido gracias a las piezas de Bach, de Beethoven y de Mozart entre otros. Tanto es así que el libro está dividido en temas musicales y no en capítulos y es también por eso que resulta imposible no caer en la tentación de escuchar todo lo que recomienda y sentir que te estabas perdiendo algo muy importante. En las casi 300 páginas del libro se va reiterando una reivindicación dirigida a la industria musical, los mánagers y los músicos que forman parte del mundo elitista que hasta la fecha ha sido la clásica para que dejen atrás los prejuicios y capten la verdadera esencia de las notas que están hechas para llegar a la gente. Él es el mejor ejemplo de lo que predica y este libro es la manera más efectiva de lograrlo. Tras decir esto quizás alguien se echa atrás y piense que esto ya no le interesa tanto como el dolor y las violaciones pero perderse este libro es una estupidez.

Aparte de la música como remedio y salvación de una vida que iba por muy mal camino, Rhodes se atreve a poner sobre el papel otras experiencias vitales que le han permitido reconstruir una existencia derrumbada por culpa de la maldita culpa. Y es que la misma senda que le puso las trampas le puso al alcance las personas que le ayudarían a salir del pozo, como se suele decir: los amigos, los profesionales, los libros de autoayuda y el amor de su vida (con permiso de la Chaconne in D minor de J.S.Bach).

Mención aparte merece la importancia que tiene en todo esto el hecho de haber sido padre: los miedos y la responsabilidad que le supuso tener un hijo y, a la vez, la felicidad que le provoca saber que él podrá hacer lo que más le guste sin tener que preocuparse por el dinero o por los juicios ajenos. Esto es lo que le quiere enseñar a “Jack” y parece que también a nosotros, los lectores. Que lo más importante es crear, escribir sobre el papel en blanco, hacer un trazo en un lienzo, hacer sonar las teclas de un piano que estaba en silencio. Porque eso es, en definitiva, lo que nos hace humanos y lo que, a la larga, vale la pena.

Este libro se lee como un suspiro, ya sea en casa con la BSO de fondo o en los trayectos de bus, tanto si te gusta la ficción como si eres de los que quieren que todo esté basado en hechos reales. Contiene toda la desesperación y toda la esperanza de una vida compleja como la de James Rhodes y como la de todos nosotros. Y, por si esto fuera poco, puede que tenga efectos secundarios, y sin saber muy bien porqué, un día cualquiera te encuentres escuchando música clásica en el Spotify.

“Los compositores y la enfermedad mental suelen ir de la mano, como los católicos y el sentimiento de culpa o Estados Unidos y la obesidad”

-Wolf

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